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Ni Clint Eastwood vivirá eternamente
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Todas las puertas se cerraban, pues, con ruido seco. No había, en efecto, más remedio que dimitir, y M. Brunetiére  pudo   hablar  tranquilamente,   en   1895,   de «La quiebra de la ciencia». El célebre profesor Lippmann, en la misma época, declaraba a uno de sus alum­nos que la Física estaba acabada, clasificada, archivada y completa, y que haría mejor en emprender nuevos ca­minos. El alumno se llamaba Helbronner y había de convertirse en el primer profesor de fisicoquímica de Europa y hacer notables descubrimientos sobre el aire líquido, los ultravioleta y los metales coloidales. Moissan, el químico genial, se veía obligado a la «autocríti­ca» y a declarar públicamente que jamás había fabrica­do diamantes y que se trataba de un error experimental. Inútil buscar más lejos: las maravillas del siglo eran la máquina de vapor y la lámpara de gas; jamás la Huma­nidad haría mayores inventos. ¿La electricidad? Simple curiosidad técnica. Un inglés loco, Maxwell, había pre­tendido que por medio de la electricidad se podían pro­ducir rayos luminosos invisibles: una broma.

Algunos años más tarde, Ambrose Bierce podría escribir en su Dictionnaire du Diable: «No se sabe lo que es la electri­cidad, pero, en todo caso, alumbra mejor que un caba­llo de vapor y va más aprisa que un mechero de gas.» En cuanto a la energía, era una entidad totalmente independiente de la materia y que no tenía misterio al­guno. Estaba compuesta de fluidos. Los fluidos lo lle­naban todo, se dejaban describir por ecuaciones de gran belleza formal y daban satisfacción al pensamien­to: fluido eléctrico, luminoso, calorífico, etc. Una pro­gresión continua y clara: la materia en sus tres estados (sólido, líquido y gaseoso) y los diversos fluidos ener­géticos, más sutiles aún que los gases. Bastaba con re­chazar como sueño filosófico las nacientes teorías del átomo para conservar una imagen «científica» del mun­do. Se estaba muy lejos de los granos de energía de Plank y Einstein.

El alemán Clausius demostraba que no era conce­bible otra fuente de energía que el fuego. Y la energía, si se conserva en cantidad, se degrada en calidad. El Uni­verso fue un día montado como un reloj. Se parará cuando se afloje el muelle. Nada que esperar, nada de sorpresas. En este Universo de previsible destino, la vida habría aparecido por casualidad y habría evolucio­nado por el simple juego de las selecciones naturales. Y en la cima definitiva de esta evolución: el hombre. Un conjunto mecánico y químico, dotado de una ilusión: la conciencia. Bajo los efectos de esta ilusión, el hombre había inventado el espacio y el tiempo: visiones de la mente. Si alguien hubiese dicho a un investigador ofi­cial del siglo XIX que la física absorbería un día el espa­cio y el tiempo y estudiaría experimentalmente la cur­vatura del espacio y la contracción del tiempo, aquél habría llamado a la Policía. El espacio y el tiempo no tienen existencia real. Son conceptos de matemáticos y temas de gratuita reflexión para filósofos. El hombre no sabría qué hacer de estas grandezas. A despecho de los trabajos de Charcot, de Breuer y de Hyslop, la idea de perfección extrasensorial o extratemporal debe ser rechazada con desprecio. Sabio hijo mío, ¡procura te­ner siempre limpia la nariz!

Era inútil intentar la exploración del mundo inte­rior, pero, sin embargo, había un hecho que introducía bastones en las ruedas de la simplificación: se hablaba mucho de la hipnosis. El ingenuo Flammarion, el du­doso Edgar Poe, el sospechoso H. G. Wells, se intere­saban en el fenómeno. Ahora bien, por fantástico que pueda parecemos, el siglo XIX oficial demostró que la hipnosis no existía. El paciente tiene tendencia a mentir, a simular para complacer al hipnotizador. Esto es exacto. Pero, desde Freud y Morton Price, se sabe que la personalidad puede dividirse. Partiendo de críticas exactas, aquel siglo logró crear una mitología negativa, eliminar todo rastro de lo desconocido en el hombre, reprimir toda sospecha de misterio.

También la biología estaba terminada. M. Claude Bernard estrujó todas sus posibilidades y se había llegado a la conclusión de que el cerebro segrega el pensa­miento, como el hígado la bilis. Sin duda se llegaría a descubrir aquella secreción y a escribir su fórmula quí­mica de acuerdo con la bonita distribución en hexágo­nos inmortalizada por M. Berthelot. Cuando se supiera cómo se asociaban los hexágonos de carbono para crear el espíritu, se habría escrito la última página. ¡Que nos dejen trabajar en serio! ¡Los locos, al manicomio! Una hermosa mañana de 1898, un grave caballero ordenó al ama de llaves que no dejara leer Julio Verne a sus hijos. El grave caballero se llamaba Edouard Branly. Acababa de renunciar a sus fútiles experimentos sobre las ondas para convertirse en médico de barrio.

El sabio debe abdicar. Pero debe también reducir a la nada a los «aventureros», es decir, a la gente que reflexiona, que imagina, que sueña. Berthelot ataca a los filósofos «que se baten contra su propio fantasma en la arena solitaria de la lógica abstracta» (he aquí una bue­na descripción de Einstein, por ejemplo). Y Claude Bernard declara:

«Un hombre que descubre el hecho más sencillo sirve más a la Humanidad que el más grande filósofo del mundo.» La ciencia debería ser sólo experimental. Fuera de ella, no hay salvación. Cerremos las puertas. Nadie igualará jamás a los gigantes que han inventado la máquina de vapor.

En este Universo organizado, inteligible y, por lo demás, condenado, el hombre debería mantenerse en su justo lugar de epifenómeno. Nada de utopías ni de esperanza. El combustible fósil se agotará en unos cuantos siglos, y vendrá el fin por frío y por hambre.

Jamás el hombre volará, jamás viajará por el espa­cio. ¡Extraña prohibición la de la visita a los abismos marinos! Nada impedía al siglo XIX, dado el estado de su técnica, construir el batiscafo del profesor Piccard. Nada se lo impedía, salvo la preocupación del hombre de «mantenerse en su lugar».

Turpin, que inventa la melinita, no tarda en verse recluido. Se desanima a los inventores de los motores de explosión y se intenta demostrar que las máquinas eléctricas no son más que formas del movimiento con­tinuo. Es la época de los grandes inventores aislados, rebeldes, acosados. Hertz escribe a la Cámara de Co­mercio de Dresde que hay que desanimar a los que in­vestigan sobre la transmisión de las ondas hertzianas: no es posible ninguna aplicación práctica. Los expertos de Napoleón III prueban que la dínamo Gramme no dará vueltas jamás.

Los doctos académicos no se molestan a causa de los primeros automóviles, de los submarinos, de los dirigibles, de la luz eléctrica (¡un truco de ese dichoso Edison!). Pero existe una página inmortal. Es el acto de la recepción del fonógrafo en la Academia de Ciencias de París:

«En cuanto la máquina empieza a emitir algu­nas palabras, el señor Secretario Perpetuo se lanza so­bre el impostor y le aprieta la garganta con puño de hierro. ¡Véanlo ustedes!, les dice a sus colegas. No obs­tante, para general asombro, la máquina sigue emitien­do sonidos.»

Mientras tanto, algunos espíritus gigantes, fuertemente .contrariados, se arman en secreto, preparando la más formidable revolución de ideas que el hombre «históri­co» haya conocido. Pero por lo pronto, todos los cami­nos están cerrados.

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lapalabraquesana:

mirando el lago

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